Es inaudito que Geffen no haya marcado el XX aniversario de “Appetite For Destruction” (salio al mercado el 21 de julio de 1987) con una reedición de lujo espectacular. Podrían acompañarlo con el famoso concierto del Ritz, que deja bien claro por qué esta banda era algo especial. Esta claro que si hicieran algo así la reedición arrasaría, pero estamos en diciembre y no ha pasado. Hablamos de uno de los discos más importantes de todos los tiempos. Y es que "Appetite for Destruction" fue un punto de inflexión en la historia del rock; un disco sucio, peligroso y colérico cuando el rock significaba “nothin´ but a good time”.
Con la industria discográfica - espoleada por las millonarias ventas de bandas de niños monos con sonido angelical - sometiéndonos a una sobredosis de rock caramelizado, Guns ´n´ Roses nos devolvieron el rock crudo. No eran maniquís; los maniquís no tocan rock and roll. Les metieron en el saco del rock duro, y parecían celebrar las mismas cosas que otros – sexo, drogas y rock and roll – pero había algo más. A Axl no le mola Los Ángeles y su cabalgata de estrellitas vanidosas, mujeres baratas, alcohol y crimen, y escupe su rabia en un grito visceral de carne de cloaca blanca reclamando su pieza del pastel en sus historias de miseria y apatía en la gran ciudad. Un grito que nadie clasificaría como fachada artística; es realmente un disco vivido y sangrado. La música es igual de intensa, empantanada en un rock duro y bluesero. Slash e Izzy escupían riffs y solos mejor que ninguna otra banda desde los Rolling Stones, mientras Duff y Steven Adler formaban una enloquecida base rítmica, empapando el cuadro de frenesí punk. Un sonido crudo, primitivo y áspero que añade fuego a historias ya de por sí abrasadoras. "Appetite for Destruction" es un disco de rock básico, sólido, frenético, irreverente, lleno de talento, oscuro, peligroso y tremendamente honesto – todo aquello que el rock debería ser.