En Viena no hay ni un sólo banco internacional (ni Deutsche Bank, ni Credit Lionesse, ni Citibank, ni nada), ni Institut Goethe, ni Alliance Français… podría seguir, pero creo que estos ejemplos bastan para ilustrar el proteccionismo austriaco. Los hipermercados están prohibidos por una ley que limita la superficie máxima del local, las horas de apertura están también estrictamente reguladas; ante semejante panorama, no es extraño que ningún operador de otro país se haya decidido a entrar en Austria; la única manera es comprar el grupo directamente. Así, al consumidor sólo le quedan tres cadenas de supermercados donde comprar: Spar (austriaca), Zielpunkt (austriaca de origen pero que es el Plus alemán), o Billa (comprada hace nada por Rewe, también alemán). Así que la libertad del consumidor se ve reducida a comprar en supermercados pequeños con una oferta muy parecida y precios más o menos iguales, y de lunes a viernes y nunca más tarde de las 19.00. No siempre hay tiempo, a nada que uno se distrae o está ocupado, o no come, o contribuye al PIB austriaco cenando un Schnitzel o al de Turquía pillándose un Kebab, los cuales sí abren hasta tarde y están por todos los lados.
Esto, aunque difícil de creer, refleja fielmente lo que es vivir en Viena. Es una ciudad comodísima, pero hace falta pasta y tiempo. Otra cosa que se echa mucho en falta y contribuye a la destrucción de la economía de uno, son las aerolíneas de bajo coste. El aeropuerto de Viena, Schwechat, es posiblemente el único de Europa desde el cual no vuela ni una aerolínea de bajo coste, con la excepción de AirBerlin, la cual, a pesar de ofrecer precios jugosos, no se puede considerar de bajo coste.
Las tasas del aeropuerto Schwechat son tan altas que a ninguna aerolínea de bajo coste le saldría rentable volar desde ahí, ya que dichas tasas repercuten en el precio final del billete, aumentándolo. De este modo la aerolínea nacional, Austrian Airlines, puede permitirse ofrecer precios razonables, aunque nunca tan bajos como los que ofrecería un easyJet, y quitarse así de encima a los competidores. No obstante, Austrian Airlines sólo ofrece determinados destinos a buen precio: Londres, París, Berlín, Zürich, se pueden conseguir por 150 €. Esto es así porque Sky Europe, aerolínea de bajo coste, tiene su hub en Bratislava, a una hora de Viena, y ofrece esos mismos destinos. La proximidad de la capital eslovaca tiene bastante jodida a la Autoridad del Schwechat, que lleva ya bastante tiempo intentando comprar el aeropuerto de Bratislava. Para aquellos destinos que Sky Europe no ofrece desde Bratislava, como Madrid, Bruselas, Ámsterdam… despídete de volar barato. La mejor posibilidad Viena-Madrid es con AirBerlin, a veces con escalas infernales, por unos 300 €. Directo con la Austrian o Iberia no baja de 400 €. ¿Carillo verdad? Hace unos años, estos precios hubieran sido normales, un vuelo de ida y vuelta a Londres costaba unos 300 €. Ahora volar a Londres por más de 100 € es casi un robo. El verme en una ciudad desde la cual volar es tan caro cuando ya nos hemos olvidado de lo que costaba un billete de avión hace 5 o 7 años, me recordó un artículo que leí en el Economist, y me decidí a hacer justicia a las aerolíneas de bajo coste adoptándolo libremente para este post.
Bruselas es una ciudad llena de monumentos a los “Fundadores de Europa”. Allí tenemos el distrito Schuman, el circulo Monet, el edificio Spinelli… suma y sigue. Ahora es el momento para una plaza Stelios o para el Boulevard O’Leary. Pues en los últimos años, Stelios Haji-Ioannou y Michael O’Leary, los dos pioneros de las aerolíneas de bajo coste europeas, han contribuido más a la integración de Europa que todos los diplomáticos y presidentes juntos. Los señores Stelios y O’Leary han ayudado a crear una generación para la cual volar a otro país europeo ya no es algo exótico ni caro, sino una cosa muy normal.

Noche de viernes en el aeropuerto de Stansted, cerca de Londres; es fácil ver como han cambiado las vidas de muchas personas. Allí nos encontramos un tiburón de las finanzas italiano que vuela cada semana desde su casa en Roma a su oficina en Londres y reconoce que “utilizo el avión como un autobús”. Un estudiante escocés a punto de embarcar rumbo a Bilbao, que dice que “estas aerolíneas le permiten a uno vivir en dos países a la vez”. Un grupo de ingleses de mediana edad, que se programan fines de semana en Europa dependiendo de la agenda del Club de Rugby de Leicester; ese fin de semana iban a Bérgamo, en el norte de Italia. También había varios grupos de mochileros americanos, maravillándose al ver que sus vuelos a Barcelona habian costado lo mismo que el billete de tren de Londres a Stansted.
Ninguna de estas personas había pagado más de £50 (75 €) por sus vuelos. Todos acordaron que estaban haciendo viajes (y elecciones sobre sus vidas) que hubieran sido imposibles antes de la revolución llevada a cabo por las aerolíneas de bajo coste. La red de rutas de bajo coste en Europa es enorme. Desde Stansted ese viernes, Ryanair servía 70 destinos, tan dispares como Aarhus en Dinamarca y Zaragoza en España, e easyJet volaba a 25 ciudades, a lo que hay que sumar las otras 25 que sirve desde Luton. Y a pesar de que la revolución de bajo coste empezó en las Islas y es allí donde más establecida está, se está extendiendo como la pólvora por el viejo Continente.
Los nuevos miembros en Centroeuropa han saltado al carro con entusiasmo. Las condiciones son favorables: una combinación de mano de obra barata, nuevos, interesantes destinos y unas poblaciones ansiosas por saborear la recién adquirida libertad de volar al Oeste sin visado. Wizzair esta basada en Hungría y Polonia; SkyEurope vuela desde Eslovaquia y Polonia. En Alemania, Lufthansa tiene hoy día una docena de competidores de bajo coste que ofrecen rutas domésticas. Algunos recién llegados como Air Polonia o la italiana Volare ya han petado, pero nuevos actores parecen materializarse de la nada casi cada semana. La industria esta creciendo a un ritmo vertiginoso: las aerolíneas de bajo coste transportaron 80 millones de pasajeros en el año 2004, un aumento enorme en comparación a los 47 millones de 2003. Ahora mismo cuentan con una cuota de aproximadamente el 25% del mercado europeo y podrían fácilmente alcanzar el 50% para 2010.
La revolución empezó en los Estados Unidos. Sus aerolíneas de bajo coste, como Southwest Airlines, llevan ya años volando. Ingleses e Irlandeses fueron los primeros en adoptar la idea, a principios de los 90. Siendo países angloparlantes, tienden a ser los más rápidos a la hora de copiar ideas de los Estados Unidos, y sus relativamente flexibles mercados laborales, junto a la geografía de ambos países y el alto poder adquisitivo de sus consumidores ofrecían un escenario perfecto para las aerolíneas de bajo coste. El casi frenético aumento de la compra de propiedad en Francia por parte de muchos veraneantes ingleses está estrechamente relacionado con la revolución de bajo coste. Y no solo los viajeros disfrutan los beneficios. Economías regionales enteras han sentido el impacto: la ciudad de Carcassone, en el sudeste de Francia, calcula que los 235.000 pasajeros que llegan cada año en aerolíneas de bajo coste han creado más de 270 millones de € de actividad económica extra.
Por supuesto, también hay gruñidos. Muchos creen que el aumento de los precios del petróleo y la cada vez mayor competencia necesariamente llevaran a turbulencias en la industria de las aerolíneas de bajo coste. El propio O’Leary ha previsto un inminente “baño de sangre”. Algunos de los precios son tan ridículamente bajos que uno se pregunta con cierta malevolencia si estas aerolíneas no tendrán un negocio paralelo más beneficioso. ¿Piratería? ¿Contrabando? A pesar de todo esto, parece acertado afirmar que la industria está tan firmemente establecida en Europa (salvo en Viena, claro está, donde todo es bonito y cursi y rococó y, como no, austriaco) que los días de billete de avión = puñalada al bolsillo no volverán jamás.
“Lo peor”, quejanse los ecologistas, quienes apuntan que la expansión de las aerolíneas de bajo coste poluciona enormemente y contribuye al calentamiento global. La comisión Europea en Bruselas considera mientras tanto aumentar las tasas por emisiones nocivas para tomar en consideración los costes medioambientales. El señor O’Leary ya tuvo problemas con la comisión al juzgar ésta que Ryanair recibió ilegalmente ayuda estatal del gobierno local en Charleroi, su base belga (en febrero de 2004, Ryanair tuvo que devolver los subsidios ilegales). Las leyes aprobadas hace dos años para aumentar las indemnizaciones a los pasajeros por cancelación de vuelos tampoco son muy popularesentre las aerolíneas de bajo coste.
Sin embargo, nadie debe ignorar que las aerolíneas de bajo coste y los europeístas son aliados naturales. Fue la legislación europea la que creó las condiciones para la revolución de bajo coste en el Continente. Por medio de sucesivas medidas liberalizadoras, la Comisión Europea hizo pedazos el monopolio que las aerolíneas nacionales tenían sobre las rutas aéreas entre, y dentro de, los distintos países europeos; es la Comisión Europea quien permite a una compañía recién fundada como la británica easyJet competir con todo un campeón nacional como Air France en rutas tan lucrativas como París-Toulouse. Dejando a los nuevos jugadores entrar al mercado, Bruselas ha conseguido esa cosa tan extraña: un triunfo, jugando limpio, tanto de los consumidores europeos como del ideal de una Europa “cada vez más unida”. Una vez terminen de discutir con el señor O´Leary, los europeístas deberían empezar a considerar dedicarle un monumento.
