Die Hitzewelle
Duermes mal. No te encuentras bien en ninguna postura. La ducha es deprimente, pues sabes que es el único momento del día en el que estarás a gusto. Según sales a la calle por la mañana tu estomago se contraé y quieres vomitar el café. Te metes al metro y ya deseas morir. Hiede a mierda y sudor. El más mínimo esfuerzo o movimiento podría ser letal, ya que una vez empiezas a sudar, no hay vuelta atrás. No hay aire acondicionado en la oficina. A partir de las 12 se pone como una olla a presión. Tenemos un termómetro: 32 grados dentro de la oficina. Quiero que me dejen en paz para poder tirarme en alguna esquina y agonizar. La ola de calor que azota Austria me está matando. No es un país preparado para esto. En Viena, capital y escaparate de la nación, los puentes se han dilatado más de 6 centímetros; de noche, el asfalto sigue siendo magma; la Altstadt es un incendio donde no corre una gota de aire y los tranvías y metros (que no se si es paranoia pero ahora funcionan peor) son algo parecido al infierno. En Estiria se han deformado las vías y algunos trenes no pudieron circular. Alguien morirá pronto. Me quedo con los – 23 de este invierno, al menos puedes pensar y protegerte. Las gotas de sudor resbalan por mi frente y caen sobre el ordenador. El calor es perjudicial para la conectividad y los circuitos. Espero explote, y yo con él. Entre las patillas que me he dejado y el sudor, parezco Bruce Springsteen después de cuatro bises de media hora. Y aun he de ir a clase de frances con el portátil y los libros a la espalda.
Se han superado todos los records y la cosa va a mas. Estoy al borde del colapso. Estoy pegajoso. Me siento sucio. Y un niño sucio no es un niño feliz.





